Todos sentimos la necesidad de ponerles palabras a los problemas, las respuestas, las candidaturas, los sucesos y los avances de un mundo que trata de entender lo que está pasando.
Sin embargo, en la historia de la humanidad, muchas personas han padecido la muerte de un hijo y aún no han encontrado un término que interprete y pueda contener el profundo significado de esa pérdida.
En distintos momentos, todos hemos pasado por diferentes situaciones de vida en las que los sucesos encuentran un nombre, una justificación o una denominación que les da sentido. Aunque a veces no lleguemos a comprenderlos o aceptarlos, esos nombres nos ayudan, al menos, a identificarnos con lo que está sucediendo: discapacidad, maternidad o paternidad, matrimonio, separación, ancianidad, viudez.
Hay nombres para casi todas las cosas: para lo tecnológico, lo mundano, lo artístico, la identidad de género, la ciencia, el deporte y la comunicación. Para cada uno de estos temas brotan nuevas terminologías, neologismos o palabras que, por su uso, pasan a formar parte de la jerga, aun cuando su denominación responda solo a la costumbre.
Sin embargo, no existe —la Real Academia Española no lo tiene registrado— una denominación para algo tan sensible como el nombre que lleva un padre o una madre que perdió a su hijo o hija. Esta ausencia genera una confusión que hace más difícil la identidad de la familia ante semejante dolor.
El dolor que padecen los padres que perdieron a sus hijos debería ser motivo de pregunta y búsqueda, con el propósito de encontrarle un nombre. En los ámbitos institucionales, el tema pareciera justificarse con una lamentación, y aparece un silencio llamativo en hospitales, registros civiles, espacios de asistencia social y psicológica: lugares donde más se habla de este tema, por ser ámbitos en los que se producen y se trabajan datos estadísticos y cuestiones socioemocionales.
El fallecimiento de un ser querido inicia el proceso silencioso del duelo. Como consecuencia, la persona o la familia que sobrelleva ese dolor busca, en la compañía y en las palabras de quienes la rodean, un consuelo difícil de asimilar. Con el paso del tiempo, entre preguntas, cuestionamientos y desasosiegos, el dolor por la ausencia trata de encontrar respuestas que solo pueden ser aceptadas bajo el misterio de la fe.
De este modo, la familia afectada regresa con el tiempo a una cotidianeidad desmotivada. En la familia, el trabajo, los amigos e incluso ante desconocidos inescrupulosos, uno advierte que su filiación con el ser querido que ya no está no tiene un nombre que la relacione con ese dolor. La muerte de un hijo deja un vacío tremendamente desconsolador, al no poder encontrar una palabra para aquel padre o madre que lo perdió.
Toda una sociedad está preparada, en su conjunto, para que la vida continúe. Se supone que uno debe subirse al tren de las circunstancias y adaptarse a un viaje que nos llevará a todos al mismo destino. Pero, arrastrados por la inercia de la vida, a veces nos incorporamos confundidos y desorientados, preguntándonos cómo soportar semejante dolor y qué hacer para contener ese sentimiento lleno de contradicciones, que no da ánimo siquiera para escuchar palabras bien intencionadas que resultan vacías, tanto emocional como semánticamente.
La pérdida de un hijo o hija nos arrebata una ilusión. A partir de su ausencia, nos sumergimos en un vacío del que no se puede volver atrás: ya nada será como antes. Es especialmente en esa desazón donde uno se encuentra sin un nombre social que le dé identidad; un concepto que facilite un aspecto del yo personal y social, que permita tomar conciencia de sí mismo, de su situación, de su lugar en el mundo y de su relación con los demás.
Sin lugar a dudas, la muerte de un hijo o hija debe ser una de las situaciones más dolorosas. Solo quienes viven situaciones de guerra pueden, quizás, concebir que un hijo sea reclutado por un ejército para un final anunciado.
El duelo es un proceso único, irrepetible, dinámico y cambiante, momento a momento. Familiares y amigos deben respetar lo que cada persona puede estar viviendo, según sus vínculos, círculos familiares, culturas y sociedades.
La sociedad sostiene una lógica: “Los de pelo gris no deben enterrar a los de pelo negro”. El término vilomah, palabra de origen sánscrito, hace referencia a aquello que va en contra del orden natural de las cosas: primero mueren las personas mayores y, después, siguen los demás.
Es mi interés personal y social poder apoyar, de alguna manera, a quienes atraviesan el difícil momento de una pérdida tan antinatural. Por ello, invito a los lectores a colaborar aportando nombres que ayuden a encontrar, aunque sea semánticamente, un término para el vacío que padecen los padres que perdieron a sus amados hijos.
