Opinión · Columna

Cuando volar desde Río Grande nos recuerda que somos ciudadanos de tercera

Una ciudad con aeropuerto internacional y atractivos que todavía no ha logrado convertir su conectividad en una verdadera herramienta de desarrollo.

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Cuando volar desde Río Grande nos recuerda que somos ciudadanos de tercera

Es habitual escuchar a los vecinos de Río Grande hablar de los horarios, los precios y las escasas alternativas que existen para viajar en avión, y la comparación con Ushuaia surge inevitablemente.

Para quienes llevamos muchos años viviendo en esta ciudad y nos sentimos profundamente fueguinos, resulta difícil entender que, viviendo en una isla y separados por grandes distancias, tengamos tan pocas posibilidades de conectarnos por vía aérea con distintos lugares de la Patagonia o el resto de la Argentina.

La pregunta es sencilla: ¿por qué Río Grande no puede tener más vuelos y una conectividad pensada también como una herramienta de desarrollo?

Cuando llegué a Tierra del Fuego, en 1978, recuerdo que existían más posibilidades de vuelos y estos vinculaban Río Grande con distintos puntos de la Patagonia. Éramos menos habitantes y había más vuelos.

Posteriormente, una persona llamada Oscar Vals apareció con uno de los desafíos más importantes de aquellos tiempos: «Líneas Aéreas Kaikén» (la línea gaucha), que daba la posibilidad de tomar un avión en Río Grande y viajar a Ushuaia diariamente, con una frecuencia de uno y hasta dos vuelos diarios. No conforme con ello, compró dos aviones y abrió nuevas rutas aéreas para viajar por la Patagonia, aterrizando en diferentes ciudades y cubriendo un servicio de traslado tanto de pasajeros como de carga y, en muchos casos, sanitario (cuando las necesidades así lo determinaban).

Por eso, con el paso de los años, uno no puede dejar de preguntarse: ¿qué pasó? ¿Cómo llegamos a aceptar que mermaran unos servicios tan importantes para el habitante riograndense?

Me pregunto: ¿se ha estudiado realmente el potencial que podría tener nuestra ciudad si contara con una conectividad adecuada? ¿O se ha evaluado el impacto que podría generar, no solamente para los pasajeros locales, sino también para el turismo y la economía? Preguntas que merecen ser abordadas por los funcionarios y analizadas para encontrar nuevas salidas a viejos temas.

A mi entender, el aeropuerto de Río Grande no debería ser pensado solamente como el lugar desde donde los riograndenses salen de la Isla; por el contrario, debe ser visto como puerta de entrada.

Y allí aparece una oportunidad que todavía no parece haber sido suficientemente explorada: incorporar Río Grande a los circuitos turísticos de Tierra del Fuego.

Un visitante que ingresa por nuestra ciudad puede conocer el norte, recorrer posteriormente el corazón de la Isla y continuar luego hacia el sur.

La propuesta no consiste en reemplazar un destino por otro, sino en ampliar la experiencia: conocer Tierra del Fuego para recorrerla y no solamente para visitar Ushuaia.

Reitero que allí estaría una de las claves. Incorporar Río Grande a la oferta turística puede significar un día más de permanencia en la provincia.

Y un día más no es solamente una noche de hotel. Es una cena, un almuerzo, un traslado, una excursión, una compra, un producto regional, una visita, una experiencia.

Este hipotético movimiento alcanzaría a hoteleros, gastronómicos, comerciantes, transportistas, emprendedores, artesanos y trabajadores.

Por eso, el debate sobre los vuelos también es un debate sobre la posibilidad de generar actividad económica y empleo.

Como se ve, el norte de la Isla, Río Grande y el centro, Tolhuin, tienen una identidad propia que puede incluirse dentro de una propuesta turística que no solo incluya Ushuaia. La meseta, el bosque, la montaña, el mar, las termas, el viento, la nieve y los cambios de paisaje pueden perfectamente integrarse junto con la historia y las costumbres, la música y la gastronomía de nuestra cultura fueguina.

Atractivos para los turistas en nuestra ciudad hay, y la historia de Malvinas (con la Vigilia del 2 de Abril) es parte indiscutible de lo mucho que Río Grande puede ofrecer, junto con las fiestas populares y regionales, como la Fiesta del Ovejero, la Fiesta del Róbalo y la Fiesta de la Lenga.

Todas son experiencias que permiten que quien llega a Tierra del Fuego no solamente observe un paisaje, sino que conozca la historia y la identidad de quienes vivimos aquí.

Si existe una importante concentración de vuelos y de demanda turística en Ushuaia, vale la pena preguntarnos si parte de esa dinámica podría complementarse con Río Grande.

No busco quitar protagonismo a Ushuaia, sino ampliar el recorrido del visitante y distribuir las oportunidades, de modo que existan más posibilidades de viajes aéreos con escala en Río Grande y destino final Ushuaia.

Asimismo, deberíamos animarnos a pensar más allá de los límites provinciales.

¿Por qué no estudiar conexiones que permitan vincular Río Grande con otros aeropuertos de la Patagonia y explorar circuitos regionales con Chile?

¿Por qué no pensar en vuelos como Río Grande–Punta Arenas, Río Grande–Porvenir, Río Grande–Pampa Guanaco y otras alternativas que permitan integrar nuestra ciudad a una red aérea austral más amplia?

Y, dentro de esa mirada, ¿por qué no permitirnos estudiar con seriedad la posibilidad que merece: la conectividad con la Antártida?

Chile ha desarrollado desde Magallanes una estrategia de posicionamiento como puerta de entrada al continente blanco, apoyándose en la conectividad aérea, la logística, la infraestructura y los servicios vinculados con la actividad antártica. Argentina, por su parte, cuenta con la posición estratégica de Tierra del Fuego y con aeropuertos como el de Río Grande o Ushuaia, para que estos sean nuevos puntos de conexión turística y logística con la Antártida.

En ese contexto, Río Grande podría analizar qué lugar puede ocupar dentro de una futura red de conectividad austral y antártica.

Por supuesto que esto no significa afirmar que hoy exista la infraestructura, o que una conexión aérea directa con la Antártida sea automáticamente viable. Solo planteo la necesidad de que los gobernantes estudien la posibilidad.

Hay que analizar qué capacidades tiene nuestro aeropuerto, qué inversiones serían necesarias, qué tipo de aeronaves podrían operar, qué servicios deberían desarrollarse, qué demanda podría generarse y qué articulaciones podrían establecerse con otros aeropuertos de la Patagonia, con Chile, con Ushuaia y con los organismos científicos y logísticos vinculados con la actividad antártica.

Porque si nuestros países vecinos están trabajando para consolidarse como puertas de entrada al continente blanco, Argentina también debería pensar cómo ampliar y fortalecer su propia red austral.

Y en esa discusión, por su ubicación geográfica y su pertenencia a Tierra del Fuego, Río Grande debería estar sentada en la mesa.

Quizás algunas de estas alternativas sean complejas, pero una cosa es segura: si nunca las estudiamos, nunca sabremos hasta dónde podremos llegar.

Durante años hemos escuchado que determinadas alternativas no son rentables para una compañía aérea. Y esto merece ser analizado.

Porque también debemos preguntarnos: ¿qué estamos haciendo para generar las condiciones que permitan que esos vuelos sean viables?

Una aerolínea analiza pasajeros y rentabilidad.

Pero el Estado y el sector privado pueden trabajar sobre la otra parte de la ecuación: generar demanda, desarrollar productos, promocionar destinos, articular hoteles, restaurantes, excursiones y transporte, y construir circuitos capaces de atraer visitantes.

Si esperamos únicamente que una empresa aérea descubra por sí sola el potencial turístico de Río Grande, difícilmente podamos modificar la situación actual.

Río Grande no puede seguir siendo el patio del fondo.

Durante mucho tiempo los riograndenses hemos tenido la sensación de ser «los chacareros», el patio del fondo de la casa: una ciudad a la que se le pide producir, trabajar y sostener presencia, pero que no siempre recibe las mismas oportunidades para desarrollarse.

Hoy se necesita discutir nuevas alternativas. La actividad industrial ha sido y continúa siendo fundamental para nuestra ciudad, pero no debería ser la única posibilidad.

Y es el turismo el que puede convertirse en una actividad complementaria, capaz de generar nuevos emprendimientos, nuevos servicios y nuevas fuentes de trabajo.

En una provincia donde la permanencia de sus habitantes también tiene una dimensión territorial y estratégica, generar condiciones para que las familias puedan quedarse, trabajar y proyectar su futuro en Río Grande es una cuestión que merece atención.

Por eso, creo que esta discusión debe dejar de ser solamente una queja de los pasajeros y convocar a quienes ya deberían haber hecho algo al respecto, como lo son el Gobierno provincial, los municipios, el Concejo Deliberante, los legisladores, los empresarios, los hoteleros, los gastronómicos, los comerciantes, los operadores turísticos, los transportistas y las instituciones intermedias.

Hay que armar una mesa de trabajo para analizar nuevas frecuencias y horarios; alternativas de conexión con la Patagonia; posibles circuitos con Chile; paquetes turísticos que incorporen Río Grande; estrategias para generar pernoctes; promoción de la ciudad; articulación turística con Tolhuin y Ushuaia; mecanismos que permitan demostrar que existe una oportunidad comercial para las empresas aéreas; y también las posibilidades de incorporar a Río Grande dentro de una estrategia de conectividad.

El desafío es construir las condiciones para que esos vuelos tengan sentido.

Tierra del Fuego tiene una particularidad que debería obligarnos a pensar de manera diferente: vivimos en una Isla, y nuestra geografía, nuestras distancias y nuestras condiciones climáticas hacen que la conectividad sea una herramienta de integración territorial.

Por eso, mejorar la conectividad de Río Grande no debería entenderse como una demanda aislada de una ciudad, sino como una estrategia turística, económica y territorial para toda la provincia.

Porque un visitante que llegue por Río Grande puede conocer el norte, atravesar el centro y continuar hacia Ushuaia. Y otro puede hacer el recorrido inverso. Ambos pueden llevarse una imagen mucho más completa de nuestra provincia.

No se trata de elegir entre Río Grande y Ushuaia. Se trata de lograr que quien llegue a Tierra del Fuego tenga la posibilidad de conocerla.

Río Grande tiene aeropuerto, recursos e identidad, al igual que Tolhuin. Lo que falta es transformar esas condiciones en una estrategia.

Quizás el primer paso sea dejar de preguntarnos por qué no se puede y comenzar a preguntarnos: ¿qué podemos hacer entre todos para que sea posible?

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