Una investigación de la UNTDF pone en debate la “mala fama” del colegio Haspen de Río Grande

00:17 | La investigación, realizada por una licenciada en Sociología, analiza cómo se construyó la “mala fama” del Colegio Haspen a partir de prejuicios, hechos policiales y discursos públicos, y contrapone esa mirada con las experiencias reales de estudiantes y docentes dentro de una escuela que también funciona como espacio de contención social.

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Una investigación de la UNTDF pone en debate la “mala fama” del colegio Haspen de Río Grande
¿Qué hay detrás de la imagen del Colegio Haspen? ¿Violencia real, estigmatización o una mezcla de ambas? Una investigación presentada por la Universidad Nacional de Tierra del Fuego buscó responder esas preguntas y terminó exponiendo cómo se construye socialmente la “mala fama” de una de las escuelas más señaladas de Río Grande.El estudio, realizado por la flamante licenciada en Sociología Teresa Fleitas y presentado por la Universidad Nacional de Tierra del Fuego, analiza las experiencias juveniles y las disputas de sentido alrededor de la violencia dentro del Colegio Haspen.La investigación se desarrolló entre 2023 y 2025 a través de entrevistas, observaciones y conversaciones con estudiantes, docentes, directivos, preceptores y equipos de orientación escolar.Uno de los puntos centrales del trabajo es cómo la institución fue quedando marcada públicamente por noticias, rumores y hechos puntuales, como el caso del alumno que ingresó armado a la escuela o los debates sobre la baja de edad de imputabilidad.A partir de allí, comenzaron a instalarse etiquetas como “problemáticos”, “repitentes” o “descartes”, construyendo una mirada externa que, según la investigación, termina impactando sobre los propios estudiantes y la vida institucional.Sin embargo, puertas adentro, la percepción cambia completamente.Para muchos alumnos y trabajadores de la escuela, el Haspen aparece como un espacio de contención y acompañamiento de trayectorias atravesadas por situaciones sociales complejas.“La mala fama no es un atributo esencial de la escuela, sino parte de un sentido común que contribuye a su estigmatización”, sostiene el trabajo.Otro de los hallazgos interesantes es que los propios jóvenes no hablan necesariamente de “violencia” para describir sus conflictos cotidianos. En cambio, utilizan términos como “quilombo”, “drama” o “puterío”, categorías que organizan sus vínculos y formas de relacionarse.La investigación también aborda el crecimiento de respuestas judiciales frente a los conflictos escolares, como denuncias, medidas perimetrales, vigilancia o presencia policial dentro de las instituciones.En ese sentido, el estudio advierte sobre el riesgo de analizar la escuela únicamente desde una lógica punitiva y propone pensar políticas públicas que escuchen más las experiencias concretas de los jóvenes y menos los prejuicios construidos alrededor de determinadas instituciones educativas.“No se puede intervenir adecuadamente sobre aquello que se comprende mal”, concluye el trabajo.

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