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Salud mental: Debemos cuestionar las estructuras que nos enferman

Cuidar la salud mental es un proceso que va del «yo» al «nosotros», por ello resulta indispensable detenernos a reflexionar sobre cómo vivimos el día a día y qué lugar…

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Salud mental: Debemos cuestionar las estructuras que nos enferman
Cuidar la salud mental es un proceso que va del «yo» al «nosotros», por ello resulta indispensable detenernos a reflexionar sobre cómo vivimos el día a día y qué lugar le estamos otorgando al cuidado de nuestra mente.

Por Walter Alejandro Lenkovich.- Escalada de violencia en las escuelas, amenazas, bullying, ciberacoso, maltratos, huidas del hogar, episodios de ansiedad, ataques de pánico, un grito en el semáforo que terminó en un enfrentamiento armado y, trágicamente, intentos de suicidio y suicidios consumados. Estos no son solo titulares que hemos visto repetirse a lo largo de este 2026 en los medios de nuestra región y en las redes sociales, son los síntomas alarmantes de un malestar profundo que hoy padece nuestra sociedad.

A estos eventos visibles se le suman aquellas batallas silenciosas que se libran frente a las pantallas. El scrolling infinito y la búsqueda constante de gratificación inmediata por parte de niños, jóvenes y adultos, a menudo actúan como un terreno fértil para la angustia, la vergüenza, la culpa, la envidia y el odio que se consumen en la red. Vivimos en una era donde todo está al alcance de un clic, donde buscar información o acceder a respuestas rápidas es más fácil que nunca gracias a herramientas como la inteligencia artificial. Sin embargo, esta inmediatez nos anestesia, y reduce nuestra tolerancia a la frustración y nos aleja de la una instrospección necesaria.

La realidad de los chaqueños, el lugar dónde vivo, de los argentinos y del mundo entero parece estar atrapada en una dolorosa paradoja: por un lado, somos arrastrados por un ritmo de vida vertiginoso y superficial, pero, por el otro, nos encontramos emocionalmente estancados, viviendo en un constante detrimento de nuestra salud mental. Hoy, más que nunca, reflexionar para cuidarnos dejó de ser una opción para convertirse en una necesidad vital.

Ante este escenario de aislamiento, la respuesta más revolucionaria que nos queda es la empatía. Paradójicamente, en la era de la hiperconexión, pareciera que el único verdaderamente dispuesto a prestarnos atención es nuestro teléfono celular. Eso que llevamos en el bolsillo parece conocernos mejor que nadie porque nos envuelve en el frío abrazo del ‘amor del algoritmo’, por cierto, sistema diseñado para darnos la razón, que sabe exactamente qué deseamos y nos recomienda las publicidades más precisas. Y lo hace porque, en un acto de ignorancia disfrazada de ‘términos y condiciones’, le hemos dado permiso para que nada de lo que digamos escape de su inmensa base de datos.

Ante este control silencioso de la tecnología -donde los dispositivos ‘inteligentes’ han pasado a pensar por nosotros, a dictar nuestros gustos, a moldear nuestros pasatiempos, a designar lo que debemos pensar y a anestesiar nuestras inquietudes- se vuelve imperativo rebelarnos volviendo a lo humano. Necesitamos volver a acercarnos a ese amigo, conocido, familiar o vecino que está atravesando una tormenta, porque todos, absolutamente todos, necesitamos ser escuchados.

Walter Alejandro Lenkovich, estudiante de 5to año de Licenciatura en Psicología.

Debemos recuperar la capacidad de observación. Empezar a mirar qué consumen nuestros hijos en la tablet, qué estoy haciendo con mi propio dolor, qué pasa verdaderamente con nuestros jóvenes y qué hago frente a la tristeza que veo en los ojos del otro. Es el momento de hacernos preguntas incómodas, pero necesarias: ¿Soy capaz de prestar verdaderamente mi oído a lo que el otro intenta decirme, o me he convertido en un autómata que oye el sonido de las palabras sin comprender, sin el más mínimo intento de interpretar el peso de ese mensaje? ¿Miramos a nuestros hijos a los ojos cuando nos hablan? ¿Los escuchamos con el corazón abierto? ¿Le prestamos atención a los maestros, a los consejeros, o a ese vecino que se cruza en la vereda, que nos mira de reojo y parece querer pedir ayuda pero no se anima? ¿Estamos preparados para escucharnos a nosotros mismos, para soportar el secreto abrumador de nuestras propias mentes, o preferimos seguir siendo consumidos por esta maquinaria de violencia simbólica que nos distrae a toda costa?

También es hora de asumir nuestra cuota de responsabilidad y mirarnos al espejo: ¿Tengo algo que ver con esos flagelos de violencia y desesperación que llenan los titulares y las redes sociales? ¿Acaso mi indiferencia o mi prisa están alimentando esta desconexión? Volver a mirar al otro, volver a escucharlo con paciencia y genuina empatía puede ser el primer paso, el más valiente y el más urgente, para empezar a sanar juntos, para hacer borde allí donde no hay contorno, para hacer lazos donde todo estaba deshilachado y para construir puentes donde no existía construcción alguna.

Es que no podemos hablar de salud mental sin pensarnos como sociedad. Durante siglos, el estigma ha sido un muro cruel que ha aislado a quienes sufren. Nos toca demoler ese muro, piedra por piedra, transformando la vergüenza en apoyo. Hay que evadirnos del orden algorítmico que propone un mundo donde no hay tristeza, angustia, dolor y miedos. Todo eso es parte de la vida, pero son los mismos elementos que se solapan bajo una falsa sonrisa. Es que «es mejor mostrar siempre la mejor cara». ¿Para el contento de quién mostrar tu mejor rostro?

La falta de tiempo para los vínculos y la soledad disfrazada de hiperconexión digital, males de nuestro tiempo.

Como sociedad, debemos cuestionar las estructuras que nos enferman: la exigencia desmedida, la precariedad, la falta de tiempo para los vínculos, la soledad disfrazada de hiperconexión digital. Una comunidad verdaderamente próspera no es aquella que produce más, sino aquella que no deja a nadie atrás cuando sus fuerzas flaquean, de allí que necesitamos construir un entramado social donde pedir ayuda psicológica sea tan normal y accesible como ir al médico por un dolor de pecho.

Lo que quiero decir con esta reflexión es que cuidar la salud mental es un proceso que va del «yo» al «nosotros». Es entender que mi bienestar influye en el tuyo, y que tu sanación aporta luz a mi camino. Que nunca nos falte la empatía para entender las heridas ajenas, ni el coraje para sanar las propias. Que podamos ser, cada día, un lugar seguro para nosotros y para los demás.

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