Malvinas en Río Grande: la mirada de una niña en medio del conflicto

El ciclo radial que recupera testimonios de quienes vivieron la Guerra de Malvinas en Río Grande sumó una nueva voz: la de Verónica González, quien en 1982 tenía apenas 11 años. Su relato aporta una perspectiva distinta, atravesada por la infancia, las emociones familiares y la vida cotidiana en una ciudad que estuvo directamente vinculada al escenario del conflicto.

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Malvinas en Río Grande: la mirada de una niña en medio del conflicto

El ciclo radial que recupera testimonios de quienes vivieron la Guerra de Malvinas en Río Grande sumó una nueva voz: la de Verónica González, quien en 1982 tenía apenas 11 años. Su relato aporta una perspectiva distinta, atravesada por la infancia, las emociones familiares y la vida cotidiana en una ciudad que estuvo directamente vinculada al escenario del conflicto.

Desde su casa, ubicada en uno de los barrios más periféricos de aquel entonces —en la zona de la actual Plaza de las Américas—, Verónica vivió una experiencia marcada por la cercanía con el Batallón de Infantería N° 5 y el aeropuerto. En ese contexto, la guerra no era una noticia lejana: era una realidad visible todos los días.

“Veíamos los aviones ir y venir constantemente. Algunos volvían, otros no”, recuerda, describiendo una escena que con el tiempo cobraría un significado más profundo.

Una infancia atravesada por la guerra

En aquel entonces, Río Grande era una ciudad mucho más pequeña, con amplios espacios abiertos y escasa urbanización. La vida de los niños transcurría principalmente en la calle, jugando al aire libre. Sin embargo, el inicio del conflicto modificó esa rutina.

Las medidas de seguridad, como el oscurecimiento obligatorio, cambiaron la dinámica familiar. Las ventanas se cubrían, las luces se apagaban y las familias permanecían dentro de sus casas. Lo que en un principio podía parecer una experiencia curiosa para los niños, rápidamente se transformó en una situación de tensión.

“Al principio era como una aventura, pero después empezó a dar miedo”, señala Verónica.

Uno de los momentos más impactantes fue el sonido de la sirena. Ese alerta marcó a toda una generación. En su caso, recuerda el miedo de su madre, la preparación de documentos ante una posible evacuación y la incertidumbre generalizada sobre lo que podía suceder.

La mirada familiar y la contención

El testimonio también pone en evidencia el rol fundamental de las familias durante ese período. Los padres, aunque atravesados por la preocupación, intentaban contener a sus hijos y evitar que percibieran la gravedad de la situación.

Verónica destaca especialmente la actitud de su madre, quien decidió permanecer en la ciudad junto a su familia, a pesar de que muchas personas optaron por irse. La casa, como espacio propio y seguro, fue un factor clave en esa decisión.

“Todo lo que teníamos estaba acá”, resume.

Esa contención permitió que, a pesar del contexto, la infancia pudiera mantenerse en cierta medida protegida, aunque inevitablemente atravesada por las circunstancias.

Los soldados: de figuras lejanas a presencias cercanas

Uno de los recuerdos más significativos de Verónica tiene que ver con el contacto directo con soldados que custodiaban la zona del aeropuerto. Para ella y sus hermanos, esos jóvenes eran “soldaditos”, figuras que despertaban admiración y cercanía.

Con el tiempo, esa imagen se transformó en una experiencia concreta de solidaridad. Los soldados pasaban por su casa a pedir agua caliente para poder descongelar las latas de comida, ya que las bajas temperaturas impedían abrirlas.

A partir de ese contacto, su familia comenzó a ayudarlos de manera discreta. Su padre preparaba termos con bebidas calientes y alimentos, que los soldados retiraban durante la noche y devolvían a la madrugada.

“Era una forma de ayudarlos sin que nadie se diera cuenta”, relata.

Este gesto, que en su momento fue vivido con naturalidad, hoy adquiere una dimensión distinta: la de una comunidad que, en silencio, buscaba acompañar a quienes estaban atravesando condiciones extremas.

La escuela y la vida cotidiana

La escuela también fue un espacio donde se vivió intensamente el contexto de la guerra. Allí se rezaba por los soldados, se escribían cartas y se realizaban simulacros de protección.

Verónica recuerda prácticas como esconderse debajo de mesas o trasladarse a espacios considerados más seguros dentro del establecimiento. Estas actividades, aunque no siempre comprendidas en su totalidad por los niños, formaban parte de una preparación ante posibles situaciones de riesgo.

Al mismo tiempo, la escuela funcionaba como un espacio de socialización y contención, donde los chicos podían compartir lo que vivían y sentían.

El final del conflicto y el silencio posterior

Con el final de la guerra, la vida en la ciudad comenzó a recuperar su ritmo habitual. Muchas familias que se habían ido regresaron y las actividades retomaron su curso normal.

Sin embargo, según el testimonio, hubo un período de silencio en torno a lo ocurrido. La experiencia no fue inmediatamente elaborada ni profundamente hablada, sino que quedó en la memoria como una vivencia compartida, marcada por sensaciones y recuerdos fragmentados.

“Sabíamos que algo había pasado, pero no se hablaba demasiado”, explica.

Memoria y significado

A más de cuatro décadas de la Guerra de Malvinas, relatos como el de Verónica González permiten reconstruir una dimensión menos visible del conflicto: la de quienes lo vivieron desde la retaguardia, pero en un territorio directamente involucrado.

Su testimonio aporta elementos clave para comprender cómo la guerra impactó en la vida cotidiana, en las familias y especialmente en los niños, que interpretaron la realidad desde su propia mirada, entre la curiosidad, el juego y el miedo.

Al mismo tiempo, deja en evidencia gestos de solidaridad, vínculos humanos y experiencias que, aunque simples en apariencia, forman parte de una memoria colectiva que sigue vigente en la comunidad de Río Grande.



Aire Libre FM 96.3
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