El pasado sábado se cumplieron 193 años desde el día en que los ingleses se apoderaron de las Islas Malvinas. El hecho de produjo el 3 de enero de 1833. A pesar de estar en relaciones de paz con la Confederación Argentina, el Reino Unido, con dos buques de guerra desalojaron a la guarnición argentina de Puerto Soledad… y allí se quedaron, hasta hoy.
Nadie puede negar que existió en aquél hecho una usurpación concretada por la fuerza. De nada valieron las razones que situaban a Argentina como país al que las islas pertenecían y pertenecen. La soberanía fue destrozada e ignorada por los ingleses. No debería llamar la atención, ya que Inglaterra se apoderó de varios lugares de la misma forma, lo que no significa que haya que aceptarlo sin más ni más. En el Río de la Plata lo habían intentado dos veces con expediciones militares fracasadas en 1806 y 1807.
Respecto a las Islas Malvinas, Argentina se opuso siempre a aquella toma ladina, y en la década del 60 el gobierno que entonces encabezaba Arturo Illia obtuvo lo que hasta hoy es el logro más importante sobre este tema en las Naciones Unidas.
En ese momento existía una tendencia internacional que apuntaba a la descolonización. Fue entonces que Argentina, ante Naciones Unidas, inició la tarea de imponer el tema Malvinas en la agenda de los organismos que trataban los asuntos coloniales. Fue así que durante 1964 los diplomáticos Lucio García del Solar, José María Ruda y Bonifacio del Carril lograron que los integrantes del subcomité de la ONU se alineasen con la postura argentina. También presionaron con éxito para que la representación británica, que hasta entonces sólo presentaba un informe anual sobre la economía de las islas, se sentase a participar de las sesiones. Parecía increíble, pero se daba un paso inmenso y la soberanía argentina sobre las Malvinas ya no era mala palabra para las Naciones Unidas.
Tras ello, el presidente Illia envió al Congreso un proyecto de ley para ratificar que la Argentina ejercía soberanía exclusiva sobre la plataforma continental y el mar epicontinental, que incluía la exploración y explotación exclusiva de sus recursos.
En septiembre de 1964, mientras en Nueva York se reunía el subcomité de la ONU, un aviador civil argentino, Miguel Fitzgerald, aterrizó en Malvinas a bordo de un monomotor Cessna 185. Aquel 8 de septiembre, mientras cumplía 38 años, Miguel plantó una bandera argentina, le entregó a un kelper una proclama que defendía la soberanía argentina sobre el archipiélago y partió a Río Gallegos. Sin dudas que esto no estaba en los planes argentinos y no era el momento más adecuado para hacerlo, pero a pesar de ello el subcomité de la ONU, por unanimidad, firmó una recomendación para que el “caso Malvinas” fuese incluido en los referidos a la descolonización, al tiempo que dejaba constancia de la disputa de soberanía planteada.
El 27 de septiembre de 1965, Zavala Ortiz, al abrir las sesiones de la Asamblea General de la ONU, denunció la “administración ilegítima que el Reino Unido ejerce sobre una parte integrante de nuestro territorio nacional, ocupado por la violencia”. Ese año, la comisión dedicada a los “asuntos coloniales” trató el tema. El 16 de diciembre de 1965 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó, por mayoría y ningún voto en contra, la Resolución 2065, que dejaba constancia del conflicto de soberanía planteado.
Como apuntábamos, la Resolución 2065 de la Organización de las Naciones Unidas, todavía hoy constituye el mayor éxito diplomático argentino en la disputa por Malvinas.
Pero tras ello no se avanzó respecto a dar soluciones definitivas al problema. En 1966 Illia fue depuesto y el tema pasó a dormir en el baúl de las cosas olvidadas. Se decía, eso sí, que “las Malvinas son Argentinas”, pero con eso no alcanza. Es necesario dejar en claro la decisión de unir definitivamente las Malvinas al país. El término recuperar no es el correcto porque los títulos de propiedad son más que claros, de manera que lo que hay que lograr es que Inglaterra deje de usurpar tierras que no le pertenecen. En este punto hay que aclarar que la vía debe ser la diplomacia. Tuvimos una experiencia bélica que fue una catástrofe y debemos eternamente gloria y honor a los argentinos que dejaron su vida en las islas.






