El collage como identidad latinoamericana

En tiempos donde el arte contemporáneo parece obsesionado con parecerse a sí mismo, quizás valga la pena volver a formular una pregunta incómoda: ¿existe todavía algo que podamos llamar identidad…

El Sureño··11 minutos de lectura
El collage como identidad latinoamericana
En tiempos donde el arte contemporáneo parece obsesionado con parecerse a sí mismo, quizás valga la pena volver a formular una pregunta incómoda: ¿existe todavía algo que podamos llamar identidad cultural?

POR RAUL ALBANECE*.– La discusión no es nueva, pero hoy adquiere una intensidad particular. Vivimos en un mundo hiperconectado donde las imágenes circulan a una velocidad inédita, donde las tendencias visuales se globalizan en cuestión de horas y donde muchos artistas producen mirando más hacia los circuitos internacionales que hacia el territorio que habitan. En ese contexto, hablar de identidad local puede sonar antiguo, ingenuo o incluso reaccionario. Y sin embargo, el problema sigue ahí. Porque, aunque intentemos negarlo, toda obra habla desde algún lugar. Incluso cuando pretende no hacerlo o cuando intenta parecer “global”, “neutral” o “universal”.

Toda obra está atravesada por capas culturales, históricas, políticas, emocionales y simbólicas que terminan emergiendo, aunque el artista no las busque conscientemente. Y quizás por eso mismo la pregunta sobre la identidad siga siendo inevitable.

En estos últimos días el tema comenzó a aparecer una y otra vez en mi vida desde distintos ángulos. En conversaciones con estudiantes, en lecturas, en publicaciones que el algoritmo decidió mostrarme y, sobre todo, en mi propio trabajo artístico. Más específicamente: la identidad del artista.

No es un tema nuevo para mí. Llevo muchos años pensando en esto, prácticamente desde que empecé a preguntarme cómo desarrollar una voz propia. Cómo dejar de producir imágenes correctas para empezar a construir obras que realmente hablaran desde mí. Y fue justamente una experiencia internacional la que terminó obligándome a enfrentar esa pregunta de manera más profunda.

La necesidad de decir desde dónde hablamos

En 2020 participé de un desafío organizado por el Paris Collage Collective. Éramos alrededor de dos mil artistas de distintas partes del mundo, principalmente europeos. Y en medio de ese océano visual empecé a sentir una necesidad muy concreta: lograr que mis obras dijeran, de algún modo, que yo era un artista argentino, entrerriano y, más precisamente, de Gualeguaychú.

Entonces mi pensamiento empezó a recorrer un camino bastante simple. ¿Cómo imagina mi ciudad alguien que nunca estuvo acá? ¿Cómo la ven los turistas? ¿Cómo aparece en los medios? Carnaval. Carrozas. Cartapesta. Y ahí comprendí algo importante: el carnaval no era solamente un tema en mi vida. Era parte constitutiva de mi identidad más profunda.

Nací un sábado de carnaval. Los desfiles, cuando yo era niño, comenzaban a una cuadra de mi casa. Jugaba “a la comparsa” bailando solo en la terraza con un palo de trapear, una escoba atravesada y una sábana vieja colgando como estandarte. Después bailé en comparsas reales, confeccioné trajes y carrozas, diseñé y dirigí comparsas en distintas localidades y terminé siendo jurado en carnavales de Argentina y Paraguay.

Las carrozas también forman parte de mi vida desde siempre. Este año cumplo cuarenta y dos años como coordinador en la Fiesta Nacional de Carrozas Estudiantiles de Gualeguaychú. Y a eso todavía habría que sumarle los años anteriores, cuando hacía carroza como estudiante o ayudaba en las que realizaban mis hermanos mayores.

Es decir: el carnaval no apareció después en mi obra. Siempre estuvo ahí.

Cartapesta y collage

Y fue justamente pensando en eso cuando tomé conciencia de una relación que probablemente siempre había estado frente a mis ojos sin que yo la viera completamente: la cartapesta y el collage comparten una misma lógica.

La cartapesta, técnica fundamental en las carrozas estudiantiles y carnavalescas, consiste en pegar fragmentos de papel superpuestos unos sobre otros hasta generar capas, volumen y resistencia. Cada capa necesita tiempo. Cada fragmento se sostiene gracias al anterior. Y el resultado final nunca depende de una sola pieza, sino de la acumulación organizada de múltiples elementos. El collage trabaja exactamente igual: recortar, superponer, yuxtaponer. Construir sentido desde fragmentos aparentemente inconexos.

Ahí apareció el primer collage con plumas pensado como si fuera un diseño de vestuario para el carnaval del Litoral argentino. Y desde entonces las plumas comenzaron a regresar una y otra vez en mis obras. Porque la identidad siempre termina emergiendo. Incluso cuando no la buscamos.

La obra como recipiente del alma

Cuando trabajo procesos creativos con mis estudiantes suelo repetir una frase que adapté de algo que escuché decir a Carla Rey sobre Martha Hellion y el libro-obra, pero que yo extiendo a cualquier disciplina artística: “La obra es un cuenco donde el artista vuelca el alma.”

Y justamente por eso en estos días he estado debatiendo mucho sobre qué significa crear desde uno mismo; qué significa producir obras que realmente hablen de aquello que nos conmueve, nos preocupa y nos atraviesa. Entonces apareció inevitablemente la gran pregunta: ¿Existe una identidad local en el arte contemporáneo? Y más todavía: ¿Es siquiera posible hablar hoy de identidades locales en un mundo hiperconectado y globalizado?

Muchos sostienen que las identidades territoriales se diluyeron definitivamente en la hiperconectividad contemporánea. Que internet, las redes sociales y la circulación global de imágenes terminaron construyendo una estética internacional donde las diferencias culturales se vuelven cada vez más difusas.

Sin embargo, cuanto más observo el arte contemporáneo, más convencido estoy de que aquello que verdaderamente permanece en la memoria no suele ser lo que intenta parecerse a todo, sino justamente aquello que logra hablar desde un lugar singular.

América Latina como collage

Como suele ocurrir, después de hablar varias veces de identidad y de la necesidad de descolonizar nuestra mirada, el algoritmo empezó a mostrarme publicaciones relacionadas con la identidad latinoamericana. El gran hermano orwelliano escuchando conversaciones otra vez. Y mientras veía esos contenidos empecé a pensar cuál sería, para mí, la verdadera identidad cultural latinoamericana. Llegué a una conclusión que cada vez me resulta más evidente: Latinoamérica es un collage. O mejor dicho: una enorme cartapesta cultural hecha de fragmentos superpuestos que generan capas de sentido.

Porque en las expresiones carnavalescas de toda América Latina aparecen cuerpos semidesnudos ocupando el espacio público, plumas exóticas similares a las utilizadas por los pueblos originarios, vestuarios bordados con cuentas de vidrio y espejitos que recuerdan aquellas leyendas sobre conquistadores intercambiando baratijas por riquezas, ritmos africanos traídos por pueblos esclavizados y también rasgos europeos, especialmente religiosos, impuestos en un intento, tan violento como inútil, de borrar culturas ancestrales profundamente enraizadas en los cuerpos, en los territorios y en las memorias. Nada desapareció del todo. Todo quedó. Superpuesto. Como capas culturales que siguen actuando incluso cuando ya no las percibimos conscientemente.

Quizás por eso el collage nos resulta tan natural en América Latina: porque recortar, reorganizar, resignificar y construir algo nuevo con materiales heredados es exactamente lo que nuestras culturas vienen haciendo desde hace siglos.

La falsa idea de pureza cultural

Tal vez uno de los problemas más grandes de ciertas discusiones sobre identidad sea la obsesión por la pureza. Hay quienes imaginan la identidad cultural como algo estable, homogéneo y esencial. Como si existiera una especie de “verdadera esencia” latinoamericana intacta esperando ser descubierta.

Pero América Latina nunca fue pura. Nació precisamente del choque, la mezcla, la imposición, la resistencia y la transformación permanente. Negar eso sería negar nuestra propia historia. Y ahí el collage vuelve a aparecer no solamente como técnica artística, sino como metáfora política y cultural.

Porque el collage no elimina las diferencias entre fragmentos. Las mantiene visibles. Permite que convivan tensiones, capas y materiales distintos dentro de una misma superficie. Eso somos: un territorio donde conviven simultáneamente herencias indígenas, europeas, africanas y contemporáneas generando combinaciones únicas e irrepetibles.

El problema de querer parecerse

El problema aparece cuando comenzamos a negar esa complejidad para intentar parecernos a modelos externos que consideramos superiores.

Eso ocurre constantemente en el arte contemporáneo. Artistas que buscan desesperadamente encajar en determinados circuitos internacionales copiando estéticas globales, discursos importados y fórmulas visuales creyendo que así alcanzarán legitimidad rápida. Entonces aparecen obras técnicamente correctas, visualmente actuales y conceptualmente alineadas con ciertas tendencias… pero profundamente vacías. Porque cuando una obra intenta parecerse a todas las demás deja de hablar desde un lugar real. Se transforma apenas en una superficie correcta, contemporánea y exportable. Pero sin alma.

Y lo mismo ocurre con algunos carnavales latinoamericanos cuando abandonan sus poéticas propias para copiar modelos de otras localidades sin adaptación alguna. Creen que así atraerán turismo o visibilidad mediática, sin comprender que aquello que verdaderamente conmueve es justamente lo irrepetible. Nadie viaja para ver “más de lo mismo”. Lo que verdaderamente impacta es aquello que solo puede existir en ese territorio.

Descolonizar la mirada

Con frecuencia se habla de “descolonizar la mirada”, pero pocas veces se profundiza realmente en lo que eso implica. Porque descolonizar la mirada no significa rechazar toda influencia externa ni encerrarse en una supuesta pureza identitaria. Significa comprender que toda cultura auténtica transforma aquello que recibe. Lo adapta, lo mezcla, lo tensiona, lo vuelve propio.

Con el tiempo fui entendiendo que toda identidad empieza copiando. Como artistas. Como pueblos. Como culturas. La madurez aparece cuando dejamos de repetir automáticamente y empezamos a reorganizar aquello heredado desde una mirada propia.

Y eso requiere algo muy difícil en la época contemporánea: tolerar la diferencia. Aceptar que nuestra voz quizás no se parezca a aquello que hoy domina las redes, los medios o los circuitos legitimadores.

La globalización y el miedo a no encajar

Muchos artistas contemporáneos parecen producir obras atravesadas por una ansiedad silenciosa: la necesidad de pertenecer. Pertenecer a determinados circuitos, a ciertas tendencias, a una idea global de contemporaneidad. Y ahí ocurre algo peligroso: el miedo a no encajar empieza a uniformar la producción artística.

Entonces aparecen obras intercambiables. Trabajos que podrían haber sido realizados en cualquier ciudad del mundo porque eliminaron deliberadamente todo aquello que los vinculaba con una experiencia concreta. Esta es una de las formas más sofisticadas del colonialismo contemporáneo: hacernos creer que para ser universales primero debemos dejar de parecer quienes somos.

El carnaval como resistencia cultural

Por eso sigo pensando que el carnaval latinoamericano tiene muchísimo para enseñarnos. Porque el carnaval nunca fue puro. Nunca fue ordenado. Nunca respondió completamente a una sola lógica cultural. El carnaval es mezcla, exceso, superposición, yuxtaposición, contradicción.

Es un territorio donde las culturas no se borran unas a otras, sino que quedan sedimentadas en capas visibles e invisibles. Justamente ahí reside su potencia. Quizás por eso el carnaval sigue siendo una de las expresiones culturales más profundamente latinoamericanas: porque hace visible nuestra condición mestiza, híbrida y contradictoria sin intentar ocultarla bajo una falsa idea de pureza.

El collage como filosofía latinoamericana

Al mismo tiempo, cada vez estoy más convencido de que el collage no es solamente una técnica artística dentro de América Latina. Es una filosofía cultural. Una manera de construir sentido desde fragmentos heredados. Una forma de reorganizar capas históricas y simbólicas sin negar sus contradicciones.

Tal vez ahí también aparezca una clave importante para pensar la identidad del artista contemporáneo. Porque quizás la verdadera autenticidad no consiste en inventar algo completamente nuevo, sino en aprender a reorganizar honestamente aquello que nos constituye: las influencias, los territorios, las memorias, las contradicciones, las capas culturales que llevamos encima aunque a veces intentemos negarlas.

La voz propia

La voz propia no aparece cuando dejamos de recibir influencias. Aparece cuando dejamos de avergonzarnos de aquello que realmente somos. Tal vez crecer, como artista, como pueblo o como cultura, consista en reorganizar esos fragmentos heredados hasta que finalmente hablen con nuestra voz.

Entonces aparecen preguntas mucho más incómodas que las discusiones habituales sobre identidad cultural:

¿Seguimos mirando América Latina con ojos coloniales?

¿La globalización nos conectó… o empezó lentamente a borrar nuestras diferencias?

¿Cuánto de nuestra obra nace realmente de nosotros… y cuánto responde al miedo de no encajar en los lugares donde queremos ser aceptados?

*Raúl Albanece

Raúl Albanece. Escenógrafo, artista visual y docente argentino, con 25 años de trayectoria como docente de nivel secundario, terciario y universitario. Lleva a cabo propuestas de formación vinculadas al collage, la creatividad y las artes visuales contemporáneas.

Desarrolla su práctica artística principalmente a través del collage, el libro de artista y el diseño escénico. Su trabajo explora la relación entre imagen, memoria, identidad y fragmentación visual, entendiendo el collage como una forma de pensamiento y una manera de reconfigurar el mundo desde los fragmentos.

Expone en forma permanente en muestras individuales y colectivas desde 2001; y se desempeña como curador desde 2006. Sus obras figuran en museos y colecciones privadas de Argentina, Brasil, Canadá, Chile, España, Estados Unidos de América, Francia, Grecia y Perú.

En 2015 fue miembro del equipo técnico para la redefinición curricular en los profesorados de artes visuales del Consejo General de Educación de la provincia de Entre Ríos.

https://raulalbanece.com/

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