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¿Todo lo que te cae mal significa que tenés una intolerancia?

El Sureño

Comés pizza y te hinchás. Tomás leche y aparecen gases. Las legumbres te generan pesadez. Entonces la conclusión parece bastante lógica: “esto me hace mal” o “seguramente soy intolerante”. Pero…

Comés pizza y te hinchás. Tomás leche y aparecen gases. Las legumbres te generan pesadez. Entonces la conclusión parece bastante lógica: “esto me hace mal” o “seguramente soy intolerante”.

Pero tener síntomas después de comer un alimento no significa necesariamente que exista una intolerancia.

Los síntomas digestivos pueden aparecer por muchos motivos. La cantidad que comemos, la combinación de alimentos, la velocidad con la que comemos, el tránsito intestinal e incluso cómo se encuentra funcionando nuestro sistema digestivo en ese momento pueden modificar completamente la respuesta.

Un ejemplo frecuente son las legumbres. Contienen ciertos carbohidratos que nuestras bacterias intestinales fermentan y, durante ese proceso, producen gases. Eso no significa que sean alimentos “malos” ni que debamos eliminarlas automáticamente. En algunas personas puede ser necesario ajustar la cantidad, la frecuencia o la forma de preparación.

Algo parecido puede ocurrir con determinados vegetales, lácteos, cereales o frutas.

También es importante diferenciar intolerancia de alergia. Una alergia alimentaria involucra al sistema inmunológico y puede provocar reacciones que van mucho más allá de los síntomas digestivos. Una intolerancia, en cambio, generalmente está relacionada con la capacidad de digerir o absorber determinado componente de un alimento.

El problema aparece cuando, frente a cualquier molestia, empezamos a eliminar alimentos por nuestra cuenta.

Primero los lácteos. Después el gluten. Después las legumbres, la cebolla, algunas frutas y verduras. Y poco a poco la alimentación se vuelve cada vez más limitada sin que necesariamente hayamos encontrado la verdadera causa del problema.

Por eso, cuando un alimento parece generar síntomas, puede ser útil observar qué comimos, en qué cantidad, cómo estaba preparado, qué síntomas aparecieron y cuánto tiempo después.

Encontrar patrones aporta mucha más información que señalar rápidamente a un único alimento como culpable.

Y si las molestias son frecuentes, intensas o empiezan a condicionar la alimentación, lo recomendable es evaluarlas adecuadamente antes de realizar restricciones.

Nuestro sistema digestivo es complejo. Que un alimento te haya caído mal una vez no significa que tengas que dejar de comerlo para siempre.