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El Beagle volvió a llenarse de ballenas y le ofrece a Ushuaia una mirada distinta

El Sureño

En las aguas frente a Ushuaia crecen los avistajes de jorobadas y Sei, un regreso ligado a la recuperación de rutas antiguas y áreas de alimentación. Durante años, ver ballenas…

En las aguas frente a Ushuaia crecen los avistajes de jorobadas y Sei, un regreso ligado a la recuperación de rutas antiguas y áreas de alimentación.

Durante años, ver ballenas dentro del canal Beagle era una escena esporádica, casi una rareza que se comentaba como excepción. Ahora, en cambio, el movimiento empezó a ganar una frecuencia que modifica la mirada cotidiana de Ushuaia, tanto para quienes viven allí como para quienes llegan de visita y se detienen frente al agua esperando ese lomo oscuro, ese soplido o ese desplazamiento lento entre embarcaciones. Lo que está cambiando no es solo la postal del sur fueguino, sino la dimensión de un fenómeno que los especialistas vinculan con una recuperación biológica de largo plazo.

La explicación científica no remite a una aparición repentina ni a una alteración misteriosa del canal, sino a un proceso mucho más largo, asociado al fin de la caza comercial y al crecimiento paulatino de poblaciones que habían quedado muy golpeadas. La investigadora Luciana Riccialdelli, del Cadic-Conicet, lo resume con precisión cuando señala que “las poblaciones de ballenas han sido históricamente diezmadas en periodos anteriores. Tras el cese de la caza comercial, sus poblaciones han experimentado una recuperación paulatina, con variaciones entre especies, pero la tendencia general a escala global es positiva”. Desde esa recuperación, agrega, esos animales empezaron a rearmar recorridos viejos y a retomar espacios que antes habían quedado vacíos.

Ese regreso no aparece solamente en términos de cantidad, sino también en términos de memoria ecológica. Riccialdelli explica que, como resultado de ese incremento, “las ballenas han comenzado a restablecer antiguas rutas o pasajes por los que realizan sus migraciones y a recuperar antiguas áreas de alimentación, como el canal Beagle”. Esa idea es central para entender lo que sucede hoy frente a Ushuaia: las ballenas no están colonizando un lugar nuevo, sino volviendo a un sitio que históricamente formó parte de sus desplazamientos y de su alimentación.

La investigadora Natalia Dellabianca, también del Cadic-Conicet, suma otra capa a esa lectura a partir del seguimiento que realizan desde hace años. Según explicó, “Desde hace 10 años tenemos un proyecto de ciencia ciudadana vinculado a la ballena jorobada y su identificación. Lo que vemos hoy es la respuesta de la naturaleza a la prohibición de la caza comercial que imperó durante gran parte del siglo XX”. En esa secuencia, el tiempo aparece como un dato fundamental, porque muestra que la escena actual no es fruto de una temporada aislada, sino de una reconstrucción lenta, paciente y profundamente ligada a decisiones tomadas décadas atrás.

Dellabianca completa ese marco con otra observación que ayuda a poner en perspectiva el fenómeno. La especialista sostiene que “Al haber cesado la presión de la caza durante tantos años, las poblaciones han logrado estabilizarse y, lentamente, están recuperando sus rutas migratorias ancestrales”. Esa recuperación, que durante mucho tiempo solo podía pensarse en términos abstractos o estadísticos, hoy se vuelve visible en el agua del canal, donde los avistajes dejaron de ser una sorpresa extraordinaria para empezar a integrarse a la vida diaria de la ciudad.

Dentro de ese cuadro general, dos especies sobresalen por frecuencia y protagonismo. Riccialdelli detalló que “las especies que se están observando con más frecuencia dentro del canal son las ballenas jorobadas y la sei”, dos animales de comportamientos y fisonomías distintas que hoy concentran buena parte de las observaciones. La jorobada, conocida por sus saltos y sus largas aletas pectorales, suele mostrarse más curiosa y cercana a las embarcaciones, mientras que la sei, más estilizada y veloz, aparece como otra señal contundente de que el Beagle volvió a ofrecer condiciones muy favorables.

El canal, de hecho, no las atrae por azar ni por un desvío casual de sus recorridos. Riccialdelli remarcó que “El canal Beagle es una zona de alimentación para estas especies de ballenas, donde encuentran suficiente alimento”, y precisó que las especies observables en el lugar se alimentan principalmente de sardina fueguina y de langostilla, un crustáceo de enorme relevancia ecológica en esa zona. La combinación de ambos recursos tróficos, presentes en grandes concentraciones, convierte a ese corredor marítimo en un espacio particularmente valioso para la permanencia y tránsito de estos mamíferos.

La temporalidad de los avistajes también ayuda a leer mejor el momento actual. Los meses de verano y otoño concentran la mayor presencia de ballenas, con picos especialmente marcados entre marzo y abril, un período en el que el canal se vuelve todavía más activo para la observación y también para el estudio científico. Desde esa mirada, el auge actual no solo modifica la experiencia turística de Ushuaia, sino que abre una ventana más intensa para el trabajo de los equipos que siguen el comportamiento y la recuperación de estas especies.

Pero el regreso no trae solo fascinación ni una mejora paisajística para las excursiones o la costa fueguina. El aumento de ballenas en un corredor donde también crece el tránsito marítimo, sobre todo por el turismo antártico y la navegación regional, obliga a revisar formas de convivencia y márgenes de seguridad. Riccialdelli advirtió que “El ingreso creciente de ballenas al Beagle conlleva un aumento en la interacción entre estos animales y las embarcaciones”, y agregó que la angostura del canal intensifica la probabilidad de encuentros que pueden terminar en colisiones o en alteraciones de sus patrones de movimiento.

Esa preocupación también fue planteada desde el Centro Austral de Investigaciones Científicas, que señaló que “resulta necesario revisar y fortalecer pautas de navegación, como las velocidades de entrada y salida de los buques y las distancias de acercamiento para el avistaje de ballenas, a fin de minimizar el riesgo de colisiones”. La advertencia no busca restarle valor al fenómeno, sino todo lo contrario: asumir que la vuelta de estos animales al Beagle ya no puede pensarse como una postal eventual, sino como una presencia real que obliga a ajustar el modo en que el canal se navega, se observa y se comparte. En esa nueva escena, Ushuaia no solo vuelve a ver ballenas: empieza también a convivir con ellas de otra manera.

Fuente: LA NACION.